Gracias: psicología de la gratitud


Dar, pedir y recibir son tres verbos que conjugamos con frecuencia. Pueden ser también la expresión de tres aprendizajes que nos conviene adquirir a lo largo de la vida: saber dar, saber pedir y saber recibir. En el ejercicio de mi profesión como psiquiatra me encuentro habitualmente con personas que saben dar, que dan sin dificultad, pero a las que les cuesta mucho pedir. En la vida cotidiana todos conocemos a otros que son ejemplo de lo contrario, pedigüeños inmisericordes que no se cansan de pedir y que no dan ni la hora. Lo normal es, por otra parte, que la persona generosa que sabe dar sea también agradecida y sepa recibir. Gratitud y generosidad suelen ir de la mano, son virtudes íntimamente relacionadas que se complementan, quien sabe recibir con gratitud sabe dar con generosidad.
Saber dar supone no echar en cara, no pasar la factura y no alardear ostentosamente haciendo publicidad a diestro y siniestro de lo dado. Dar ostentosamente es casi peor que no dar. Muy distinto es ese dar sin que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Dar sin humillar, sin que el que recibe se sienta pobre y pequeño, dar sin que se note, imperceptiblemente. Ese dar es compartir con alegría. Y, por el otro lado, gratitud es recibir con alegría y compartir esa alegría con el que da. Es saber dar las gracias. Ser agradecido supone haber superado el egocentrismo, ese creer que todo me es debido. La gratitud no es posible sin humildad, el egoísta y el soberbio son desagradecidos porque no les gusta reconocer lo que reciben del otro, y la gratitud es ese reconocimiento. Cuando somos egoístas nos comportamos como esos agujeros negros de los que hablan los astrónomos, que todo lo absorben y no devuelven nada ni tan siquiera la luz que les llega.
La soberbia es la antítesis de la gratitud. Dar a un soberbio puede acarrearnos alguna sorpresa. Un gran amigo octogenario, sabio por formación y más sabio aún por experiencia de vida, me dijo en cierta ocasión hablando de una decepcionante relación con un compañero, ¡qué favor le habré hecho yo a éste para que me trate tan mal! En efecto, uno de los más grandes filósofos, Kant, al tratar sobre la psicología del soberbio advertía de algo en apariencia contradictorio, el ganarnos un enemigo por los favores que hayamos prestado. Y es que el soberbio, el orgulloso en grado superlativo, posee tal amor propio que puede llevar a cabo esa extraña y desgraciada transformación: la ingratitud y el rencor hacia su benefactor. Así pues, habrá que cuidarse del orgulloso al que hayamos hecho un favor.
La generosidad y la gratitud son virtudes y como tales son "excelencias" que no abundan y de las que en general andamos faltos. En un mundo donde casi todo se compra y se vende apenas queda sitio para ellas. Pero no caigamos en el pesimismo, todos conocemos a personas generosas que son agradecidas, que dan sin esperar recibir, que saben, en definitiva, que lo que no se da se pierde. La mayoría, sin embargo, practicamos un trueque, no damos sino que intercambiamos, o damos esperando una recompensa futura, lo cual tampoco es generosidad sino inversión. Dichoso aquel que puede dar sin recordar y recibir sin olvidar, en esta sentencia se encierra la esencia de la gratitud y de la generosidad.
La palabra virtud deriva de la raíz latina vir que significa fuerza y ciertamente todas las facultades que los clásicos llamaban virtudes hacen a los hombres más fuertes y mejores. Además, la felicidad está del lado del bien y por lo tanto de la virtud. Ser generosos y agradecidos nos hace en definitiva más felices. La cuestión es si se nace o se hace, si se es por naturaleza o se puede adquirir, si es cuestión de genética o de educación y aprendizaje. Probablemente haya algo de cada cosa, a la genética no podemos cambiarla, pero sí podemos hacer por aprender, por educar y educarnos. Hoy parece olvidada una disciplina que cuando era niño formaba parte de las calificaciones escolares, me estoy refiriendo a la "Urbanidad", algo por cierto muy distinto a la "Educación para la ciudadanía". La urbanidad no es una virtud sino el aprendizaje de las virtudes, una suerte de ensayo o de práctica. Todos podemos recordar cómo en nuestra niñez, nuestros padres nos repetían con machacona insistencia aquello de "¿qué se dice?", y nosotros pronunciábamos la palabra "gracias".
El crecimiento personal en cualquier virtud no es nada fácil sino siempre complicado, y no hay recetas que podamos seguir. Pero, que algo sea difícil no es excusa para no intentarlo. Cada cual acaba siendo experto en lo que practica asiduamente y la generosidad y la gratitud pueden practicarse. Ahora, que somos mayores, podemos tomar consciencia de tantas cosas sencillas que nos pasan inadvertidas en nuestra vida cotidiana y que podrían despertar en nosotros la palabra gracias. Creo que sería un buen ejercicio para todos decir y escuchar internamente esa palabra, "gracias", seguro que si buscamos en nuestros adentros encontraremos motivos para pronunciarla. Y ese ejercicio es aún más oportuno en tiempos de crisis como los que corren en los que vemos todo tan oscuro, sin reparar en las cosas buenas que poseemos. La gratitud puede volcarse hacia la vida en su conjunto, ¡hay tantas cosas por las que podemos dar las gracias! Así lo hacía Mercedes Sosa cuando cantaba aquella inolvidable canción de Violeta Parra: "gracias a la vida que me ha dado tanto", todos debiéramos grabarla en nuestro corazón, es un canto lleno de alegría y gratitud.
La gratitud sirve incluso para afrontar lo más difícil de la vida, la muerte de nuestros seres queridos. La muerte que acaba adueñándose de todos y de todo, no puede adueñarse de lo que hemos vivido. El duelo, ese trance irremediable, se acaba cuando llega serenamente la gratitud, que es la alegría por haber tenido, por haber disfrutado de la persona amada. La gratitud no anula el duelo pero hace que lo superemos porque consigue que pasemos del dolor atroz por la pérdida a la dulzura del recuerdo. Por eso decía Epicuro: "Dulce es el recuerdo del amigo desaparecido". La gratitud es la memoria del corazón.
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