Los padres pierden entre 400-700 horas de sueño en el primer año de vida del niño

Sorprendente, ¿no es cierto?. Esto lo afirma el Dr. Ocar Sans en su charla sobre el sueño. Según la Unidad Valenciana del Sueño las repercusiones de los trastornes del sueño en el niño le afectan a él mismo, a los padres y a la familia.

No es infrecuente observar a uno de estos padres falto de sueño, que precise una alarma de despertador cada vez más potente, que si algún día su hijo no le despierta se quede dormido mucho más tiempo, que cada vez tome más café, té o colas, que necesite cada vez más las siestas y éstas sean más largas, que si conduce más de una hora se encuentre somnoliento y agotado, que se duerma viendo la televisión, que le digan que le encuentran más irritable... Son, simplemente,  algunas de las consecuencias de la falta de sueño debido a que ésta afecta la actividad cerebral, alterándose la memoria, el lenguaje y los procesos de solución de problemas. Esta falta de sueño se acumula, y en ocasiones puede suponer alteraciones en el estado de ánimo y decaimiento de la eficacia del sistema inmunitario (en niños que pierden más de 3 ó 4 horas de sueño al día de manera continuada).

Al igual que los adultos, los niños con falta de sueño también sufren unas consecuencias en sus funciones cognitivas, motoras y emocionales. Todo ello se refleja en que el niño está malhumorado, rinde menos en la escuela en proporción directa con la tarea que debe realizar. Normalmente ante la falta de sueño aumenta la irritabilidad y la impulsividad, lo que hace que los padres llamen la atención continuamente al niño por su mal comportamiento, perdiendo así su autonomía y mostrándose más oposicionista y con menos tolerancia a la frustración, lo que provoca una situación límite que altera el entorno familiar.  Además disminuye la atención y el autocontrol, necesitando más esfuerzo y motivación para realizar las tareas.

Curiosamente los niños en edad escolar no muestran somnolencia ante la pérdida de sueño en períodos cortos de tiempo. En cambio, su carácter se vuelve extraño para los padres porque pueden tener:: irritabilidad, inquietud, baja tolerancia a la frustración, déficit de atención, disminución del rendimiento escolar, fracaso escolar, apatía, síntomas depresivos, cefaleas, accidentes.

La inquietud y la irritabilidad hace que los padres estén todo el tiempo encima de los niños llamándoles la atención por su "mal comportamiento", que éstos se muestren más oposicionistas y toleren mal tanto las negativas de los demás como no conseguir los planes que tuvieran previstos, que no se conformen y lleguen a provocar situaciones límites... alterando de esta manera el medio familiar. Por otro lado se producen "lapsus de atención" y "déficits" en la misma lo que afecta directamente al rendimiento escolar, disminuyéndolo. La disminución del rendimiento escolar puede llevar a un fracaso escolar y a largo plazo esto puede generar en los niños:
  • apatía y desinterés por los temas escolares por el esfuerzo mental que suponen, y como consecuencia evitar y/o rechazar las tareas escolares pudiendo incluso abandonar los estudios
  • frustración e impotencia, desmoralizandolos y desmotivándolos, lo que puede influir en su autoestima e incluso degenerar en síntomas depresivos.
No es infrecuente que los niños que no descansan bien presenten cefaleas. A veces se producen accidentes por culpa de tener menos reflejos y no prestar atención.

Jaume Guinot - Psicoleg col·legiat 17674
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