Anders Breivik como síntoma

Ted Kaczynski abandona la sala y, tras una arcada, vomita en la acera. Acaba de cumplir 17 años y se ha inscrito como voluntario en un experimento convocado por el departamento de psicología de Harvard, donde estudia matemáticas. La mayor parte de sus compañeros lo consideran brillante e inadaptado: permanece siempre solo, apenas levanta la vista y sus notas rozan la perfección. Este día, Ted se muestra más agrio que de costumbre: los organizadores le han explicado que pretenden estudiar su conversación con otro alumno para entrever sus patrones de personalidad pero, en cada una de las sesiones, su interlocutor no ha hecho sino apabullarlo, arrastrándolo a dudar de todas sus convicciones.

En realidad, el joven ha sido víctima de una trampa. Henry Murray, el autor del experimento, es el fundador de la Clínica Psicológica de Harvard aunque también trabaja para la CIA, y su proyecto consiste en anticipar la resistencia mental de los espías soviéticos. Resulta difícil saber hasta dónde esta experiencia desequilibró a Kaczynski, pero con los años abandonaría las matemáticas en favor del terrorismo y, tras causar la muerte de tres personas y herir a una docena con paquetes explosivos, pasaría a la historia con el apodo de Unabomber.

Quince años después de su captura en una choza de Montana en 1996, otro joven medroso y violento se sentiría inspirado por el manifiesto que Kaczynski publicó antes de su arresto -y habría de citarlo varias veces en las mil 500 páginas de su delirante 2083: Una declaración de independencia europea-: Anders Behring Breivik, elnoruego que, en su lucha contra el marxismo, el multiculturalismo y los inmigrantes musulmanes, causó más de 70 muertes en dos atentados.

Frente a criminales como éstos, la pregunta reaparece: ¿se trata de locos solitarios, y por tanto debemos considerar sus actos una suerte de accidente, o deben ser vistos como síntomas de un mal social, y por tanto estamos obligados a corregir las circunstancias que los animaron? Más allá de que Breivik haya contado con el apoyo de otras células -el terrorismo copia el léxico de la biología-, quienes se sienten llamados a cumplir una misión para salvar a sus sociedades necesitan de una comunidad real o imaginaria que celebre -y comprenda- su sacrificio: de un público para su drama.

No es un sinsentido, pues, que el feroz enemigo del Islam admire a Al Qaeda: los extremos se funden y el vikingo lampiño se refleja en el espejo del talibán barbudo. En cambio, achacar su actuación a la demencia, con el objetivo de minimizarla o conjurarla, resulta improductivo: estar loco, o al menos loco como Breivik o Kaczynski, no significa carecer de razón o inteligencia -ni dejar de ser humano-, sino habitar un universo paralelo, tan sólido como el nuestro, pero dotado con una moralidad perversa.

Porque la locura del neotemplario o el Unabomber -o en el caso paradigmático, Hitler- no fue provocada por repentinos cortocircuitos en el neocórtex o la ausencia de cierto neurotransmisor. El cerebro humano es una máquina híbrida: está formado tanto por las neuronas como por las ideas producidas en ellas. Sólo que a veces éstas se comportan como virus: si nos exponemos a sus variedades más peligrosas, es probable que terminemos contagiados. Durante años, Breivik fue inoculado con las ideas racistas y supremacistas que flotaban en su medio: los círculos neonazis escandinavos -tan bien retratados por Stieg Larsson-, las páginas web y los blogs contra la inmigración o el Islam y, por supuesto, los partidos de ultraderecha que no dudaron en acogerlo. Su enfermedad no es psiquiátrica, sino ideológica. ¿Son responsables estas organizaciones de sus crímenes? Por supuesto que no, pero sí de propiciar que un loco ponga en práctica sus teorías.

¿Habría que censurar a quienes propagan la discriminación, el odio racial y la xenofobia? Sólo en los casos extremos, cuando sus llamados al odio y la violencia resulten incontrovertibles. Aunque en las democracias haya que defender a ultranza la libertad de expresión, ésta no puede ser absoluta: se puede criticar toda clase de conceptos generales -incluidas las religiones-, pero no deben admitirse los atentados contra la base mínima que nos sostiene como civilización. Todos tenemos los mismos derechos, entre ellos el derecho a vivir en cualquier parte.

Más importante es combatir las ideas con ideas. Demostrar claramente que la ultraderecha -y en especial la derecha democrática en su ansia de acercarse al electorado radical- se equivoca al animar el discurso de la diferencia y el rencor. Ese multiculturalismo que tanto odiaba Breivik tendría que ser implementado con mayor imaginación y energía en las escuelas, en los medios y en las redes sociales. No podemos permitir que otra crisis económica -como la de 1929- vulnere de nuevo nuestra mayor invención: la idea de humanidad.

Twitter: @jvolpi

Jaume Guinot - Psicoleg col·legiat 17674
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