Una autoescuela granadina utiliza a profesores psicólogos para tratar la amaxofobia

Ponerse al volante de un coche hoy día y en Granada puede ser un suplicio. Atascos, obras, prisas, rotondas... una mezcla de elementos que puede hacer perder los nervios al más pintado, aunque la mayor parte de los automovilistas lo aguantan estoicamente. Pero hay un colectivo de conductores para quienes subirse en el coche significa enfermar de verdad con sudores fríos, taquicardias, bloqueos mentales e incapacidad para razonar. Son quienes padecen amaxofobia, un término de origen griego que afecta, según los últimos estudios de conducción vial, al 33% de los conductores con permiso y que significa miedo a conducir, un miedo que en ocasiones puede llegar a convertirse en una enfermedad que deja fuera de circulación, nunca mejor dicho, a personas perfectamente capacitadas para ir al volante. Hasta el momento, unas clases extras después de tiempo sin conducir o una visita al despacho de un psicólogo con relativos resultados eran las soluciones habituales, pero los hermanos Jorge y José Gabriel Martín Guzmayo se plantearon unir ambas cosas. Hijos de granadinos y criados en Álava regresaron a su tierra de origen hace años y desde la autoescuela Tándem, en Maracena, ponen en práctica su novedoso sistema.
Seguimiento del alumno
El primero de ellos es psicólogo además de profesor de educación vial. Según Jorge, el perfil del alumno con amaxofobia es el de una persona entre los 30 y los 40 años que dejaron de conducir por algún incidente poco tiempo después de obtener el permiso. Hay más mujeres que hombres -un 64%- pero Jorge explica que «no es un dato estadístico fiable puesto que los hombres son más reacios a plantear que tienen ese problema, a enfrentarse abiertamente a él y el hecho de hacerlo ya es una ventaja para nosotros».
Una media de diez sesiones o clases suelen ser suficiente y el porcentaje de quienes pierden ese miedo «es alto y lo comprobamos porque luego hacemos un seguimiento del alumno». Aunque el problema es el mismo, Jorge Martín explica que «el sistema se adapta a cada persona, como cualquier técnica en psicología, porque nosotros no lo solucionamos, sino que damos las pautas para que cada alumno lo solucione. Suelen ser técnicas cognitivo-conductuales porque estos alumnos tienden a ver a los demás conductores como agresivos, hasta el punto de que se pueden quedar completamente bloqueados en el vehículo». Primero se hace una evaluación de despacho para ver el grado de la fobia, «haciendo una pequeña historia clínica y luego lo subes al coche y en la mayoría de las ocasiones te das cuenta de que lo que te cuentan no coincide con la realidad y se usan técnicas de relajación o crearles un afán por conducir bien para que se olviden de su miedo».
Ataques de pánico
Rafa, por ejemplo, se sacó el permiso hace tres años y estuvo conduciendo algunas semanas «hasta que en una calle me salió por la izquierda un vehículo que me hizo girar y chocar contra una pared. Desde entonces me daba la impresión de que me iba a ocurrir lo mismo cada vez que me subía al coche y dejé de conducir, la sola idea de cogerlo ya me ponía nervioso y llegaba a sufrir ataques de pánico. La última vez que lo intenté me subió la tensión y me puse a temblar, de forma que no pude ni arrancar».
Encontró un trabajo en un polígono industrial lejos de su domicilio y con malas comunicaciones, «y ellos me hicieron ver que el coche es una necesidad. Después de algunas clases estoy empezando a cogerlo de nuevo, eso sí, con tranquilidad y prudencia».
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